El vuelo del ángel

        Los últimos rayos de sol se resbalaban por la ventana de su apagada alcoba transfiriéndole unos tintes anaranjados y casi espectrales, dentro de los cuales ella se sentía cómoda. Sentada en el taburete, frente al tocador, iba dándole los retoques finales a su disfraz.


En pocas horas iba a dar comienzo el carnaval de Venecia, y ella estaba impaciente, nerviosa y emocionada. Le encantaba pasear por las calles de su ciudad con el rostro cubierto, sin que nadie pudiese reconocerla y sin que nada detuviera su paso… ni su diversión.

El ángel estaba a punto de echar a volar.

Polvos de mariposa para resaltar sus pómulos, pigmentos puros traídos de Egipto para dar profundidad a sus ojos, unos ojos verdes como la esperanza que se albergaba en ellos… y purpurina.

La purpurina plateada jugueteaba con su rostro, haciéndole guiños brillantes perfectamente estudiados y orientados para el desconcierto de aquellas personas que se dignasen a mirarla.

Y por último, el carmín.

Sus labios adoptaban, gracias a ese mágico ungüento, un aspecto apeteciblemente saludable como de un clavel abierto en todo su esplendor.

Estaba preparada. Con delicadeza cogió el antifaz que había guardado en el cajón con mucho cuidado, el mismo que su familia había conservado pasando de generación en generación y que ahora por fin estaba en su poder. Era un antifaz peculiar: negro, con filigrana plateada y purpurina… pero con un halo de misterio que hacía que todo aquel que se lo probara fuese recorrido por una sensación escalofriante, indescriptible e incómoda. Ella en cambio se extasiaba cada vez que el pequeño artilugio se ponía en contacto con su pálida piel.

Las plumas negras decoraban sus rizados cabellos y se entretejían con los mismos, recogiéndose en un moño propio de la moda de la época, elevado y que despejaba el hermoso y fino cuello de la joven.

Ahora tan sólo quedaba el vestido.

Gasas árabes, sedas salvajes de India, encajes españoles y pedrería del Véneto hacían de su atuendo uno de los más lujosos de toda la ciudad, y también uno de los más esperados…

El estrecho corpiño resaltaba sus atributos femeninos, marcaba su cintura para luego abrirse en un mundo de telas interminables que caían hasta sus pies… todo ello del azabache más intenso y del plateado que haría sombra a la mismísima luna.

Una vez vestida, se acercó hasta el espejo para ver el resultado final. Su imagen era la de una Diosa en todo su apogeo, a la que los pobres mortales no dudarían en adorar… pero entonces le vio.

El espectro de su amor estaba en pie, junto a ella.

Era el hombre más hermoso que jamás conocería, había sido su vida, su todo… la historia se había terminado, pero su fantasmagórica imagen no paraba de perseguirle, de estar a su lado, en su recuerdo, para atormentarla día y noche.

Ella cogió entonces su inmenso abanico de plumas negras y lo sacudió a su alrededor, en un vano intento de espantar a aquella figura… pero todos los esfuerzos eran inútiles, puesto que él estaba dentro de ella, en su cabeza y en su corazón.

Es hora de que comience el espectáculo.

Con paso decidido, caminó hasta la puerta, la abrió, tomó aire y salió a la calle. Estaba preparada para la fiesta y nada ni nadie se lo impediría.

Comenzó a recorrer las arduas y estrechas callejuelas de Venecia, cruzándose con gente de todo tipo, ocultas bajos sus máscaras y sus ropajes majestuosos…

Vio a un Pierrot, llorando y persiguiendo a Columbina, a un desenfadado Arlequín o al siempre estrafalario de nariz puntiaguda Doctor de la Peste. Todos ellos recién salidos de la Comedia del Arte, impregnando las calles de poesía, de música y de esplendor.

Poco a poco la muchacha empezó a sonreír, fascinada por el derroche de color y de magia que la rodeaba entre sus brazos.

Pero entonces vio una rosa blanca… y se derrumbó.

Giró la cabeza y vio el café por el que solía parar con él… siguió andando con paso acelerado, huyendo de los recuerdos, y entonces comenzó a oír la música que él le cantaba al oído cuando estaban a solas. El fantasma de su amor estaba de nuevo junto a ella, persiguiéndola, sin dejarle vivir ni respirar.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, empezó a sentir un leve mareo, y tuvo que dejarse caer en el suelo, reposando su espalda contra la pared de una de las imponentes fachadas de los palacios venecianos.

¡Vuelve al mundo de los muertos! ¡Déjame vivir!

Sus esfuerzos por sacarle de su memoria eran inútiles. Veía las tardes en las que eran felices, paseaban juntos, reían de alegría y lloraban de emoción… nada de eso volvería nunca, lo cual la atormentaba aún más.

Y sin quererlo, volvió a sumirse en el mundo de los sueños, rememorando aquella felicidad pasada: él era todo su mundo, la persona que le hacía sonreír con tan solo una mirada, con un pequeño gesto de complicidad. Ella vivía por y para él, no dormía sino estaba a su lado, no comía sino era con él… su estómago saltaba cada vez que veía su figura en la lejanía… pero él había sido un traidor, un cobarde y un egoísta. La había abandonado en el esplendor de su vida.

¿Llegó a amarme alguna vez, o sólo fue un vano sueño del que no quería despertar? Ya todo daba igual… volvía a estar sola.

Las campanas de la iglesia comenzaron entonces a repicar. Dentro de unos instantes, el ángel volaría…

Ella abrió de nuevo los ojos, se miró las manos y contempló su anillo, aquel anillo que le dio su abuela en el lecho de muerte acompañado de estas palabras:

“Cuando estés sumida en las sombras, dale vueltas a este anillo, y la luz volverá a tu mundo”.

Entonces lo hizo. Comenzó a acariciar suavemente la alianza de plata, y cada vuelta que le daba era como si su ánimo fuese creciendo, levantándose con ella.

Se puso en pie, sacudió sus vestiduras y se preparó para continuar su camino… él parecía haber desaparecido. Pero algo de pronto le impidió que echara a caminar: un brazo firme la sujetaba por la muñeca.

Paralizada. Así se quedó ella ante tal sorpresa.

No pudo girarse ni moverse, estaba petrificada. Entonces notó un cálido aliento acercándose a su oído…

“No esperes que te salven. Ya has esperado demasiado” le dijo una voz profunda y varonil, no ajena para ella. “Conoces todas tus vidas, y en cada una de ellas has cometido el mismo fallo: está bien que el amor gobierne tu vida, pero no confundas amor con desesperación”.

Incrédula, sus ojos se abrían como los de un ave rapaz al localizar a su presa. Esa voz le era familiar, era la voz que cada noche le susurraba en sueños.

El Señor del Karma había vuelto para darle un ultimátum…

“La única que puede salvarte eres tú misma. No vivas la vida a través de otras personas, no esperes que te rescaten, no estés a la expectativa de encontrarle. Vive tu vida, sé feliz y siéntete completa en soledad”.

“Cuando aprendas esto, podrás volver a volar. ¿Quieres intentarlo?”

Boquiabierta. Ella sabía muy bien de qué le hablaba, y lo peor de todo es que sabía también lo que tenía que hacer. Había llegado la hora de renacer, de dejar atrás toda su vida y de seguir su camino…

Había llegado la hora de volar, pero… ¿encontraría sus alas?

En un último esfuerzo, consiguió soltarse del brazo que la ataba y se giró para ver el rostro que había pronunciado tan bellos sonidos. Nadie. Entonces agudizó la vista, y vio cómo a lo lejos, una figura masculina, vestida de negro, con una larga y elegante capa que le arrastraba por el suelo se perdía entre la multitud. Un halo de luz y misterio le rodeaban… había sido él, no había duda. El Señor del Karma había salido del mundo de los sueños para recordarle lo que había sido ella en otros tiempos, y lo que podría volver a llegar a ser.

Una ráfaga de viento recorrió entonces todo su cuerpo, su rostro, sus manos… “Busca tus alas y Salta”.

De pronto miró hacia abajo y vio a la multitud expectante. Después de varias horas paseando y meditando entre telas, destellos y perfumes, había llegado por fin a la Plaza de San Marcos.

Ella estaba sobre la cornisa más alta de la Catedral, sujetada por dos hombres, esperando la señal que daría comienzo al espectáculo.

El vuelo del ángel era una tradición que se remontaba siglos atrás y que abría las puertas a una noche llena de festejos, una noche donde todos eran quienes querían ser, una noche donde Don Carnal poseería toda Venecia.

Había llegado el momento de que el ángel echara a volar.

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