La soledad

     El día se apagaba al igual que su corazón, y los vientos del norte acariciaban su rostro y le hacían recordar ese tiempo en el que ella ansiaba una nueva vida tanto como la soledad que ahora embargaba todo su ser.


De pronto una lágrima corrió por sus mejillas llenando su cabeza de recuerdos, de sentimientos y de una esperanza tan grande como el árbol en el cual estaba apoyada y tan profunda como el propio paisaje que se desplegaba majestuoso ante sus cristalinos ojos.

No entendía cómo podía haber sucedido aquello, cómo había pasado de un estado tan predeciblemente aburrido a esta sublime situación, en la cual sentía que ya su vida no era suya, sino del universo, el cual podría quitársela en cualquier momento.

Su cuerpo se estremecía y no era el viento, su alma quería volar y no le importaba no tener alas… puesto que ella aún las sentía.

Su sensación era la de una dualidad fuerte, extraña y dolorosa… toda su vida hasta este instante había estado serena, calma y protegida por algo más grande que el mundo, hasta que de pronto algo más catártico que la mismísima muerte había hecho que ya nada fuera igual.

Siempre pensó que todo el mundo la recordaría durante toda la eternidad por ser quien era: la gran Lilith, la primera mujer que fue capaz de desafiar el orden, la ley y el mandato establecido por el hombre… pero nada más lejos de la realidad.

Lo que ella siempre había visto (hasta ahora) como una revelación, como una gran hazaña de libertad, como el caminar hacia algo más grande y más importante que cualquier vida, de repente ahora deja de tener ese halo de magia, de potencia suprema para tocar el suelo de lo real… Lilith quería sentir la soledad.

Esa revelación no fue más que una rabieta, esa hazaña de libertad era el disfraz del aburrimiento y ese caminar hacia la grandeza no era más que el intento de huir de una vida llena de sin sabores.

Lilith vivía cómoda, pero sin retos, alegre, pero sin expectativas, en el paraíso, donde todo era tan perfecto que nunca había intrigas ni emociones, ni cosas por resolver…

El ser humano no puede ser feliz con una vida feliz, los problemas y los conflictos son los que provocan las fricciones, las intrigas y el disfrute de esos pocos momentos buenos que surgen, mientras que si toda nuestra vida es plena, nos cansamos de ella.

Lilith tenía una vida perfecta, plena y feliz, y nadie en su sano juicio es capaz de soportar tanta placidez y perfección; como no, Lilith tampoco la aguantó.

En el fondo a ella le gustaba el caos puesto que la distraía, le gustaba la melancolía porque le hacía recordar esas perlitas de felicidad pasada, amaba incluso la muerte, porque así sabía que alguien desde arriba la protegía, o al menos su mente podría seleccionar solo los buenos momentos vividos con esa persona y desechar todos los malos… pero Lilith no tenía nada de esto, ya que su vida era feliz y perfecta; ni caos, ni melancolía, ni muerte; solo belleza, medible y tangible por todos lados.

Ella necesitaba una transformación, no podía soportar tanta hermosura, tanta delicadeza… quería ruido, quería oscuridad, quería desastres, quería en una palabra saber lo que era la auténtica Vida.

Incluso el paisaje se hizo insoportablemente punzante para su vista y sus sentidos… siempre luz, siempre sol, siempre un calor agradable con una leve brisa refrescante, los valles y prados libres y llanos, los árboles con hojas verdes, las flores con colores vibrantes, las aguas cristalinas corriendo por los arroyuelos, la hierba verde que mojaba agradablemente sus pies, los pájaros que emitían un canto perfectamente entonado y lucían plumajes hermosos… todo rodeado con un encanto insoportable.

Nunca había lluvia, trueno, tormenta, viento fuerte, noche, oscuridad, luna, nieve, nunca sus ojos vieron una montaña, ni un acantilado ni una cascada amenazante, nunca sintió el frío en su piel, nunca se pinchó al coger una rosa por el tallo, nunca vio caer las hojas de los árboles, nunca vio a un animal muerto, ni a una flor marchita… nunca.

Por eso un día decidió cambiar, quiso volar a sitios desconocidos, quiso sentir el miedo, el dolor y la angustia; pero sobretodo quería saber que era eso que llamaban Soledad.

Un buen día, mientras paseaba recolectando alimento y pensando en lo desgraciada que era al estar encerrada en esa cárcel de felicidad irreal, vio un bosque extraño, un bosque frondoso y verde pero que le desconcertaba, que nunca antes había visto y que le llamaba poderosamente la atención. Entre dos fuertes e inmensos robles descubrió un camino serpenteante, lleno de matojos y de sombra, la cual era provocada por la frondosidad de dichos árboles.

Sin pensarlo dos veces, dejó las frutas que había cogido y atravesó la puerta dimensional flanqueada por los robles, miró a ambos lados, y avanzó con paso decidido a la vez que tembloroso. Estaba entusiasmada, ya que después te tanto imaginar aventuras, por fin estaba en una de ellas, inmersa en algo nuevo, distinto, diferente, y sobretodo Desconocido e inquietante.

Cuanto más avanzaba, más rápido le latía el corazón, más fuerte era su respiración y más emocionada se sentía. Escuchaba ruidos extraños de animales que no conocía ni alcanzaba a ver, sus pies se enfriaban demasiado debido a la vegetación del suelo, la cual estaba metida en fango y en moho, producido por la ausencia de sol y de calor, puesto que el bosque era demasiado frondoso y oscuro.

Dicha oscuridad se fue convirtiendo poco a poco en niebla, una niebla espesa y desconcertante que apenas la dejaba ver a dos pasos por delante de sus piernas. Sus vestiduras comenzaron a rasgarse al pasar por una zona llena de plantas espinosas, sus pies sangraban al igual que sus rodillas… por fin estaba sintiendo dolor.

Pero de pronto escuchó un tintineo en las hojas secas de los árboles que vislumbraba a duras penas… era lluvia, una lluvia intensa acompañada de truenos, tormentas, rayos y relámpagos. Mientras caminaba boquiabierta por tan magno espectáculo de la naturaleza, algo le hizo mirar hacia arriba; era una luz grisácea que bañaba el bosque con tonos plateados…era la luna. Se había hecho de noche. Los ojos de los búhos brillaban y su parpadeo era casi hipnótico, mágico y siniestro.

Lilith seguía caminando, cuando de pronto vio algo que resplandecía entre los matorrales… era un objeto extraño y desconocido para ella, hecho de madera y con unos hilos o cuerdas que lo atravesaban. Sin dudarlo, corrió hacia él para cogerlo, cuando descubrió al hacerlo que emitía unos sonidos nuevos y artificiales, cosa ilógica ya que para ella solo los animales y el viento emitían sonido… y además nunca había escuchado algo tan agradable y fantástico como lo que acababa de oír… se trataba de una Lira. La examinó detenidamente y al darle la vuelta vio que tenía una inscripción:

“Nada es constante excepto los cambios”

Un escalofrío recorrió entonces todo su cuerpo como para confirmarle que lo que en aquel trozo de madera ponía iba a ser algo primordial en su vida a partir de ese preciso instante… por tanto cogió la lira y siguió caminando por aquel paraje que, efectivamente, iba a crear un cambio constante en lo que en unos instantes sería su nueva vida.

Con las ropas rasgadas, las piernas llenas de heridas, mojada, temblando de frío, la lira en la mano, una gran sonrisa en sus labios y el corazón saltándole de miedo a la vez que de alegría ante el descubrimiento de lo desconocido, de pronto se tuvo que parar en seco ante lo que iba a ser su prueba definitiva.

Un gran estruendo, acompañado de unas piedras que resbalaban por el musgo y el moho del lugar hacían de antecedente a algo imponente, grandioso y sublime: una cascada se abría paso ante sus atónitos ojos y sus temblorosos pies para ponerla a prueba acerca de cuanto ansiaba ser partícipe de esa otra realidad… tan solo debía dejarse llevar por la cascada y ser conducida así hacia su nuevo mundo.

Lilith respiró profundamente, se ató la lira a la cintura con su vestido rasgado, cerró los ojos, dio un paso atrás y avanzó con firmeza hacia su destino… abrió los brazos, los puso en cruz y se dejó caer a la inmensidad del agua que rugía bajo sus pies.

…Y de pronto abrió los ojos. Estaba atardeciendo, el sol brillaba tenuemente como si le guiñara y fuese su cómplice, y ella se encontraba apoyada en el tronco de un inmenso árbol con el viento del norte acariciándole el rostro. Miró al horizonte, vio la majestuosidad del paisaje y entonces lloró… le resbaló la primera lágrima por sus mejillas, era una lágrima de alegría por lo obtenido, por el cúmulo de sentimientos y sensaciones que había experimentado en su viaje hacia lo desconocido, por su victoria triunfante y por la superación de su propia vida para formar parte de la vida del Universo.

De repente giró la cabeza y entonces lo vio, aquel trozo de madera, aquella lira que sabiamente le dijo aquellas palabras…

En aquel instante fue cuando Lilith pudo sentir su tan ansiada Soledad.

  

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