4 de octubre de 2012

Y los sueños, sueños son...

   Noche tras noche, Maya hacía el mismo ritual. Un vaso de agua sobre la mesilla de noche, una tímida luz de velas parpadeando en la profundidad de la habitación y una confortable cama que la esperaba como si fuese el carruaje de la Cenicienta. ¿El rumbo? Sus sueños.

Daba un trago al agua del vaso, se colocaba el antifaz y se tumbaba en la cama, tapándose con las mantas hasta la altura de las orejas para caer en ese perfecto letargo que había deseado durante todo el día.
Poco a poco su mente racional se iba apagando e iba dejando paso a toda serie de imágenes surrealistas, coloridas e incluso a veces bellas. Maya abandonaba cada noche su cuerpo físico para ir a su lugar de descanso, a su retiro, al sitio del cual no querría regresar nunca ni despertar: El mundo de los Sueños.


Su vida real no tenía ya ningún sentido. Ni ambiciones, ni objetivos ni nada a lo cual aferrarse. Ninguna esperanza habitaba ya en su interior. Estaba vacía, sin sentido y sin ser ni sentirse útil desde hacía mucho tiempo. La rutina del día a día la estaba matando lentamente como a una rosa la mata la nieve del crudo invierno.
Encerrada en una vida sin proyectos, sin afectos y sin risas, Maya necesitaba escapar. No tenía futuro ni presente, sólo le quedaban un puñado de recuerdos a los que ya no quería aferrarse más.

La realidad la había condenado a la rutina perpetua... hasta que cerraba los ojos. Cuando dormía, todas esas preocupaciones se iban y dejaban paso a ese otro mundo, a la realidad deseada y creada por ella, al  lugar donde se sentía feliz; al hogar de su alma. 
Este campo de sombras era perfecto puesto que lo había creado ella y sólo ella. En él su vida cobraba sentido, en él hacía lo que quería, en él se sentía cómoda, en él era bella, y feliz.

Cuando comenzó su vida en lo onírico estaba sola, danzando a su libre albedrío, siendo y sintiendo la perfección por cada poro de su piel. Poco a poco fue cambiando pequeños detalles al principio, para continuar haciendo grandes obras. Comenzó cambiando sus clichés, formándose una auto imagen residual idónea en la cual no había lugar para imperfecciones. Tenía el pelo, los ojos, el cuerpo y la sonrisa que siempre había querido.

Incluso, con el tiempo, le salieron colmillos.

En su mundo, solía caminar por un oscuro camino con una estética y un gusto meramente decimonónicos. Siempre estaba atardeciendo, con la luna entrando en acción como si de un cuadro de Friedrich se tratase. Un acantilado al fondo y un castillo medio en ruinas enmarcaban la escena. Las almenas estaban derruidas y los huecos donde en otro tiempo estarían las vidrieras, ahora quedaban abiertos hacia la inmensidad del bosque. Una estancia columnada abierta asomaba en un lateral del castillo, con extraños símbolos ornamentales, trabajados en basto hierro pero con una delicadeza sólo a la altura del alabastro. Un manto de estrellas y rosas silvestres cubrían cielo y tierra rematando ese onírico lugar.

Algunas noches, en vez de caminar, se iba a las ruinas del castillo, a un sótano que aún permanecía cubierto. A él se accedía por una interminable escalera de piedra hasta llegar a una habitación lúgubre, bañada con la luz de unas velas situadas en unos antiquísimos candelabros. Terciopelo rojo y madera negra adornaban tan exquisita estancia. Y libros, montañas de libros.

Aquel era el mundo que ella había creado a su antojo, donde sus gustos, su estética, sus aficiones y hasta sus manías se plasmaban a la perfección en aquella otra realidad.

Pero una noche algo cambió.

Mientras paseaba por el camino del atardecer, pudo divisar al fondo, en el castillo, a una figura masculina con una capa ondeando al viento. ¿Quién era aquel ser? Maya no había creado a nadie más que a ella misma, al menos de un modo consciente (o eso creía).
La joven comenzó a correr a través del bosque cuando de pronto fue consciente de que era un sueño, que podía volar... Como un rayo en mitad de la noche llegó veloz al castillo para descubrir que la silueta divisada segundos atrás había desaparecido sin dejar rastro alguno.

Las noches se sucedieron, y misteriosamente él aparecía en sus sueños, en su mundo perfecto, y desaparecía del mismo modo, sin dar información. Cada vez su presencia era más frecuente,  más deseada por parte de ambos. Se conocían sin haber mediado palabra.

Poco a poco y con el paso del tiempo, comenzaron a acercarse mutuamente hasta llegar a hablarse, a tener una extraña pero bonita relación. Descubrieron que en el mundo de los sueños, cuando dos personas crean paisajes idénticos de iguales características tanto estéticas como sentimentales, automáticamente el destino, los hados, o quien quiera que sea, les unen como si de un vano y absurdo intento de ahorrar espacio se tratase. Ambos se introducen inconsciente el uno en el sueño del otro, a veces con recuerdos, a veces no. Ellos paso a paso fueron recuperando esa memoria perdida. Y se encontraban a gusto en ambos y equidistantes mundos.

Es curioso cómo nuestros protagonistas se reflejan el uno en el otro como dos gotas de agua, exactos, perfectos y complementarios. Estaba escrito que aquello debía suceder, aunque ni ellos mismos lo supiesen.

En lo sucesivo se descubrieron como almas gemelas, a pesar de que ninguno de ellos creía en esas sandeces. Eran felices, se amaban y todo era perfecto... tan solo había un problema:

El momento de despertar.

Cada mañana ambos se hundían en sus tristes vidas, volvían a su repugnante rutina y sólo deseaban que llegase la noche para volver a su hogar de ensueño. Sus mitades nocturnas conversaban sobre qué hacer para estar juntos en ambos sitios, y decidieron intentar buscarse en el mundo real estando despiertos.

Pero la búsqueda no tuvo éxito. Era imposible dado que en sueños no eran capaces de recordar direcciones, números de teléfono, nombres reales o cualquier dato que les sirviera para ponerse en contacto. Cuando despertaban no tenían ninguna información real ni útil el uno del otro.

Tan sólo un rostro, una silueta en la noche.

Así que una tarde cualquiera, ante la desesperación de sus vidas diurnas, ambos decidieron por separado (aunque estaban inexorablemente juntos) eliminar esa parte incómoda de sus vidas llamada realidad y sumirse para siempre en una noche eterna, en un sueño infinito, mudándose así definitivamente y en un camino sin retorno al mundo de los sueños para no volver a despertarse nunca jamás.

Y he aquí que yacen, en sendas camas, con la brisa del otoño agitando las cortinas y la luz de la luna tiñiendo de plata la escena, sobre un lecho de somníferos. Alzando el vuelo juntos hacia un destino común, cogidos de la mano volando hacia un viaje infinito.

El viaje de sus vidas, el viaje de sus sueños.





4 comentarios :

  1. La resaca aprieta pero no ahoga, anochece, perfecto, y mi cabeza está lo sobradamente despejada para acometer la lectura de: “Y los sueños, sueños son...” de la Sta. Miriam Chaves Rodríguez. La enigmática dama sureña la cual no tengo el pacer de conocer en persona. Creo que si algún día surgiera un encontronazo, habría tantísima oscuridad alrededor nuestro que seguiría sin poder distinguirla del todo.

    Suena “Vide Cor Meum” como hilo musical, una versión entre otras tantas, utilizo a menudo las romanzas para escribir y para leer, me ayudan a fundirme con el contexto. Quizá ella la conozca, pues contiene un trasfondo literario aguzado, esta basada en uno de los capítulos de la “Vida nueva” de Dante Alighieri.

    Empieza la lectura, sospecho que esta vez, Miriam va a matar a alguien.

    * * *

    He finalizado la lectura de “Y los sueños, sueños son...” de la Sta. Miriam Chaves Rodríguez.

    Efectivamente, y como afortunadamente me temía, Miriam ha cogido a Eros y a Thanatos y los ha puesto a bailar agarrados. Y no ha matado a un personaje, sino a dos, lo cual hace que me guste el doble.

    Hace unos meses le dije que aquel cuento de folklore andaluz con “La Rosa de los Vientos” por nombre era lo mejor que hube leído de ella, bien... Pues alguien va a tener que decirle que tales cumplidos han caducado. Porque la nueva joya de su corona destila romanticismo por los cuatro costados y cincela una soñadora historia de amor que sólo se consuma a través de la muerte. Y lo adoro.

    Me gusta tanto y me siento tan inesperadamente identificado con el estilo narrativo que ha empleado esta vez, que no sabría si decirle: “Este cuento lo podría haber escrito yo” o quizá un, seguramente, más acertado: “Este es el cuento que a mi me hubiera gustado escribir”. Creo que si ella siguiera por ese cauce, y aparcara momentáneamente las experiencias de sus alter ego oníricos, esas que perduran y laten atemporales, pero que no empiezan ni acaban, habría encontrado a la perfecta partener literaria. Es más, pienso que si ella cogiera diez de sus textos al azar, yo hiciera lo propio, y los apiñáramos en un libro, los lectores no sabrían a ciencia cierta donde empieza su pluma y donde acaba la mía, y deberíamos mearnos encima de tal vademécum infernal, para marcar el territorio.

    El texto en si, es una pequeña maravilla, y matizo pequeña por su extensión. Dos personas se aman, pero no pueden estar juntos. No es que no puedan estarlo porque el sea muy golfo y ella muy puta, o viceversa, ni porque los Montesco y los Capuleto (o algún sucedáneo) no se traguen, ni porque una leona decidiera entrometerse en sus destinos, pobres Píramo y Tisbe... Esta vez lo que separa y no fertiliza ese amor no es ni más ni menos que un dimensión, la de los sueños. Joder, ¿Cómo se combate eso?.

    ...

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  2. Una pequeña duda se ha instalado en mi cabeza, si lo que en verdad anexa a estas dos almas perdidas, si lo que de verdad hace que se enamoren es la proyección apolínea y perfecta que ambos exhiben en el onírico, ¿Acaso no temían (más que desear como se cuenta en el texto) que tales encuentros tuviesen su eco en un plano real bañado por la luz del sol? ¿Acaso a Maya no le atemorizaba el atisbo de que lejos de su Neverland, donde “Tenía el pelo, los ojos, el cuerpo y la sonrisa que siempre había querido.”, el amor no fluyese con el mismo torrente?. En el amor verdadero es evidente que lo físico pasa a un segundo plano, pero Maya desliza con notoriedad que no esta para nada conforme consigo misma. Nada más verse en potestad de modificar, muta de pies a cabeza para verse como siempre ansió. Se enamora de un personaje que presumiblemente hizo lo mismo, (o no), y el exceso de química les engalana de almas gemelas. Quizá sean esas galas, cementadas e inamovibles, las que les haga desear darle continuidad en lo real a su periplo amoroso, o quizá no importe, quizá no puedan permitirse el lujo de preocuparse por ello, puesto que no existe una solución juiciosa... Salvo la muerte, y lo saben bien.

    El final es delicioso, no menos que el guiño a David Friedrich (¿También Miriam se ha embobado alguna vez con “La luna saliendo a la orilla del mar” o “Dos hombres contemplando la luna”?). Y no sabría si añadir lo de si predecible o no. Quizá si no conociese sus gustos literarios me habría sorprendido más, pero como se que ella es capaz de ver en la muerte algo bello no es que me haya caído precisamente de la silla por la sorpresa.

    Me sorprende que haya podido escribir algo tan bello, con todo el ajetreo contextual que según me explicó, esta viviendo actualmente. Ella misma dijo: “Me he sentado y he dicho: por mis cojones!”, con tal desquite, presumo que debe haber sido un parto complicado, pero lo que ha nacido merece la pena. Quizá escribir esto ha sido su válvula de escape, quizá ella también necesite soñar para escapar de alguna incomoda realidad. En tal caso, alguien debería seguir extenuándola para que, viéndose asediada, sacara fuerzas de dios sabe donde y siguiera escribiendo con tantísima calidad.

    Espero que no se relaje, que se comprometa con la pluma y el papel, allí abajo, arriba, allá, más allá, en Ámsterdam o como ella misma dijo, a donde quien dirija su rumbo, guíe su nave.


    Habré de darle, que no se me olvide, mi más sincera enhorabuena por el relato, la oscuridad la sienta francamente bien.



    A. Carpallo.

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  3. Pd: Si, hablando de divagar, no cabía en 1 post. ;-)

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  4. Divagar? Nosotros? En absoluto... ;P
    Mil gracias caballero.

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