1 de agosto de 2011

¡Maldita Sea!

- ¡Maldita sea! ¿Otra vez tú? - dijo la joven con un tono apesadumbrado.
- He venido a ayudarte - Sus pies se iban posando suavemente en el suelo mientras observaba detenidamente el estado de Jetzel, el cual no era muy esperanzador.
- ¿Ayudarme a qué? Estoy muy bien así, gracias. Es muy fácil tender una mano con esas garras y esas hermosas alas que portas… si estuvieras en mis condiciones no hablarías tan rápido - increpó ella.
- Fuiste tú la que tomó la decisión definitiva… nosotros no lo veíamos claro, pero te empeñaste en tener esa apariencia humana para poder mezclarte entre ellos, así que ahora ¡no te quejes! Aunque de todos modos, vengo a eso precisamente, a ayudarte a recapacitar, o al menos a que me dejes tu corazón para que nosotros lo custodiemos. Si sigues así, acabarás por quedarte sin él y entonces no habrá vuelta atrás - poco a poco el íncubo se acercaba con gesto amigo a la chica, que temblando de frío se distinguía a duras penas al final de la rocosa cueva infesta de musgo.
- ¡Claro que la decisión fue mía! ¡Pero es que esto no entraba en mis planes! Nadie de nuestro clan puede ni siquiera llegar a imaginar cuánta maldad encierra algo tan insignificante como es el ser humano. Jamás pude pensar en algo así. Son crueles y despiadados, sobretodo con las personas que aman. Yo sólo quería probar cosas nuevas, sentir eso tan emocionante que plasmaban los relatos de los hombres, pero no a este precio.
Mira mi corazón, ¿quieres verlo? ¡Pues aquí lo tienes! ¿Crees ya en la maldad de los hombres y mujeres que habitan la tierra? - dijo entre lágrimas mientras se rasgaba las vestiduras, mostrando su pecho desnudo, oscuro y hueco. Un gran agujero salía de encima de su seno izquierdo, reflejando una sombra que daba escalofrío y una piedra en el interior. Su corazón estaba hecho trizas, apagado, con un par de latidos de vida. Nada más.
- ¡Es peor de lo que pensaba! - dijo el íncubo espantado - Rápido, tienes que entregárnoslo para que te puedas curar, sino siempre tendrás que quedarte con esta apariencia que tienes ahora. Nosotros lo custodiaremos en una urna de madera para que tú puedas sanarte, limpiarte, ser libre… gozar de nuevo de los privilegios de ser un vampiro y no una burda y débil imitación del ser humano, como eres ahora.
- Tengo que asumir las consecuencias. Los oráculos me dijeron que yo era diferente, y ahora ha llegado el momento de demostrarlo - dijo la joven - voy a curarme yo sola, sin ayuda del clan. Y si de he perder mi inmortalidad en el intento, pues que así sea. Pero lo que tengo claro es que ese maldito humano no se saldrá con la suya. ¡Yo soy más fuerte que él! Voy a demostrarle al mundo que por muchos arañazos que tenga en mi alma, voy a conseguir sanar mi corazón y resarcirme de todas las heridas que el humano me infringió - a Jetzel le temblaba la voz pero al tiempo que pronunciaba estas palabras, cogía fuerza y avanzaba hacia la criatura alada con decisión. - ¿Y sabes lo mejor de todo? - le inquirió.
- ¿El qué?- contestó él con un tono dubitativo.
- Lo mejor de todo es que después de que me recupere, me vengaré de todos ellos… conocerán mi furia y temerán, sobretodo él, el día en que me conoció. Voy a hacer que el destino gire a mi favor, y todo el daño que ese ser me hizo se vuelva contra él y le convierta en el ser más desgraciado del universo. Cuánto más pequeño se vuelva, más grande me haré yo. Esa será mi venganza. Ha llegado mi hora. Tengo que resolver esto para poder ser la nueva Dama Negra del clan… mis seguidores están ansiosos y saben que lo conseguiré.
- ¡Pero mi señora! - dijo el íncubo suplicante - ¡te pones pruebas demasiado duras!
- ¡No me llames así! - gritó mientras le daba un bofetón - te he dicho que ahora no soy  más que una humana común y corriente. ¡Si me llamas así nos pueden descubrir, estúpido!
- Lo siento, pero tus ojos siguen siendo los mismos, y éstos delatan tu poder… y me confunden - balbuceó el alado ser.
- Pues que no se vuelva a repetir. Y recuerda, dile a nuestro clan que pronto volveré a ocupar el lugar que anhelo, ansío y merezco… pero mientras tanto, insísteles en que me dejen en paz. No quiero volver a verte por aquí a menos que yo lo exija - dijo ella con cada vez más majestuosidad.
Tras una reverencia por parte del íncubo y justo antes de salir de la cueva cuando ya estaba a punto de echar a volar, escuchó un sonido atronador.
Jetzel yacía en el suelo, más pálida de lo normal y con los músculos rígidos. Cuando se acercó a ella la observó y vio sus ojos llenos de lágrimas y su corazón enredado en telarañas.
- ¡Mi Señora! - gritó como si le estuvieran atravesando mil dagas envenenadas.
Estaba fría, inerte y sin rastro de vida en sus ojos pero con algo de esperanza en su alma, la cual revoloteaba alrededor de la siniestra cueva.
De pronto un halo azulado comenzó a recubrir todo su cuerpo. Una fuerza extraña la envolvía y la arrancaba de brazos del íncubo, el cual estaba abrazado a ella llorando.
- Tú ganas - susurró ella mientras recobraba la conciencia y se incorporaba lentamente sobre sus pies. - Está claro que no puedo hacerlo sola, me lo acaban de demostrar… toma mi corazón, llévaselo a Markus y dile que sólo él podrá custodiarlo y reparar sus fisuras. En este periodo, yo renovaré mi alma con cada luna nueva. Cuando me haya recuperado intentaré volver a casa.
Los ojos se le iban a salir de las órbitas - ¿¡¿¡A Markus!?!? ¿Estás segura? - dijo en voz muy baja mientras tragaba saliva.
- Sí, por desgracia sólo él puede ayudarme. Es el único de nosotros que posee la fuerza suficiente para ello. Por algo es el vampiro más antiguo de todo el clan y por algo nació en Egipto, al igual que yo, aunque bastantes décadas antes. Él me conoce desde mi nacimiento y sabe todas las artes faraónicas necesarias para poder regenerarme por completo. Él escribió El Libro de los Muertos y él resucitará mi alma - dijo Jetzel con un fino hilo de voz que se escapaba entre sus amoratados labios.
- Que sea lo que vos deseéis mi Señora… ¡perdón!, Jetzel.
- Toma - dijo ella mientras se sacaba la piedra que tenía en el pecho (la piedra de su corazón) y se la entregaba al íncubo en una caja de madera que había dispuesto él minutos antes y ella había rechazado.
- Que sepas que es un honor el que me hayas elegido a mí para esta labor. No te preocupes por nada, pronto haré saber a Markus tu mandato y todos esperaremos tu regreso para celebrarlo como se merece - dijo esbozando una pequeña sonrisa.
- Ve raudo hacia nuestro hogar y no mires atrás. Sólo el tiempo será mi aliado en esta ocasión.
¡Ah! ¡Se me olvidaba! Entrégale esto a tu Señor - dijo mientras sacaba un pergamino de entre sus faldas, el cual decía así:

Querido Markus, Amo y Señor mío y de todas las oscuras criaturas de tu clan:

   Hace unos años quise probarme a mí misma, y me puse un reto que nadie creía que fuese capaz de superar: convertirme en humana para poder sentir, VIVIR como ellos. Experimentar las sensaciones que los libros describían y disfrutar de todos los placeres terrenales de los que alardean esas malditas criaturas. Y amarles.
Sólo tú creíste en mí, y me dijiste “adelante” sin duda alguna… pero el día que todos temíamos ha llegado.
Bajé a la tierra con mi nuevo aspecto y aprendí a sobrevivir, a mezclarme entre ellos. Sufrí decepciones y gocé muchas alegrías, pero había algo para lo que no estaba preparada… para amar. Conocí a un humano, el cual me llevó a los confines más inexplorados de mi nuevo ser, le amé tanto que me dolía, sobretodo al ver que mi amor no era equiparable al suyo… al no verme correspondida como tú sabes que yo me merezco. Tras varios intentos, luchas y desesperación, un día me paré y vi que mi corazón no estaba: lo tenía él. No puedo decirte sí se lo entregué o él me lo robó, lo que si puedo decirte es que ahora mismo tengo un hueco enorme en mi pecho y en mi interior, y que mi corazón ha sido reducido a una pequeña piedra, fría y oscura, llena de grietas por donde se escapa mi alma irónicamente inmortal.
¿Cómo he podido llegar hasta aquí? ¿Cómo es posible que el ser humano albergue tanta maldad como para acabar destruyendo así a un semejante? Tengo tantas preguntas que hacerte mi Señor…
Espero puedas ayudarme a reconstruirlo, yo haré lo propio con mi alma desde esta guarida, y cuando vuelva a casa podremos hablar largo y tendido y podrás explicarme y transmitirme toda tu sabiduría acerca de estos insignificantes pero hermosos animales llamados hombres. Necesito que me expliques por qué tanto sufrimiento, por qué tanto odio y tanta maldad hacia sus aparentemente semejantes… mi pobre y débil alma salta de alegría con tan sólo pensar en estar junto a ti y puedas aclararme estas dudas que me ahogan.
Esta prueba que te cuento me la impuse para ser digna de ocupar el lugar que merezco, y creo que después de todo he aprendido una valiosa lección:

No podemos confiar en los humanos.

Y mucho menos darles nuestro corazón, exponerlos a sus caprichos de primates y dejar que lo hagan trizas sin ningún tipo de remordimiento ni pena. Si esta es la vida en la tierra, sinceramente no la quiero y me arrepiento el día en que anhelé ser uno de ellos, porque dan asco.
Espero poder mirarte pronto a los ojos de nuevo, recuperar mi apariencia y tener de nuevo mis alas, las cuales añoro como si me fuera la vida en ello.


 Tu sierva descarriada: Jetzel.

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